Las cuatro estaciones en nuestras vidas: Una lección sobre la paciencia

Cuando uno está atravesando una temporada difícil, lo primero que hace la cabeza es generalizar. “Mi vida es un desastre”, “esto no se va a arreglar”, “todo me sale mal”. Lo que en realidad está pasando es que estás mirando un instante y sacando conclusiones sobre el todo. Entender las cuatro estaciones en nuestras vidas es justamente eso: aprender a no confundir un capítulo con la historia entera. La vida funciona como un ciclo continuo de transformación, y dentro de ese ciclo hay temporadas frías que parecen eternas y temporadas en que todo florece sin esfuerzo. Las dos son ciertas, y ninguna es definitiva.

Hay una parábola pequeña, de esas que circulan en muchas tradiciones con variaciones, que ilustra esto mejor que cualquier explicación. La cuento porque me parece que tiene la virtud de quedarse pegada a la memoria.

Las cuatro estaciones en nuestras vidas - Tarot10

El padre, los hijos y el peral

Un padre quería enseñar a sus cuatro hijos a no juzgar las cosas demasiado rápido. Y como las lecciones que se explican con palabras se olvidan en una semana, decidió convertirla en una experiencia. Les pidió que viajaran, uno por uno, hasta un peral que crecía en un lugar lejano, y que cada uno fuera en una estación distinta del año. Cuando los cuatro hubieran hecho su viaje, se reunirían a contarse lo que habían visto.

El primer hijo fue en invierno. Volvió diciendo que el peral era horrible: seco, retorcido, sin hojas, sin nada. Un palo muerto plantado en mitad del campo.

El segundo fue en primavera. Encontró un árbol cubierto de brotes verdes y de flores blancas, lleno de promesas. Lo describió como una de las cosas más bonitas que había visto.

El tercero fue en verano. Vio un árbol exuberante, cargado de hojas, con la vitalidad de algo que está en pleno apogeo. Para él, era pura belleza.

Y el cuarto fue en otoño. Llegó cuando el peral estaba cargado de frutos maduros, doblando las ramas bajo el peso de la cosecha. Era abundancia en estado puro.

Cuando los cuatro hijos volvieron a casa, empezaron a discutir. Cada uno defendía su versión y llamaba mentirosos a los demás. El padre los dejó pelearse un rato y luego intervino: los cuatro tenían razón, dijo, pero ninguno había visto el árbol completo. Cada uno había visto solo una estación.

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Lo que cuenta la historia sin decirlo

La parábola es transparente, no esconde su mensaje. Pero tiene capas que solo se ven cuando una se la aplica a sí misma en lugar de admirarla desde fuera.

La primera capa es la más obvia: no se puede juzgar un árbol (ni una vida, ni una persona) por una sola estación. Si te conoces a ti misma solo en mitad de tu invierno, vas a creer que eres seca y retorcida. Pero el invierno no eres tú; es solo el momento que estás atravesando. Lo mismo aplica a juzgar a otros: la persona que ahora ves apagada puede tener una primavera dentro que aún no ha brotado.

La segunda capa es más incómoda. Si los cuatro hijos hubieran ido todos en invierno, ninguno habría visto las flores ni los frutos. Si nosotros nos rendimos cuando estamos en invierno (cambiando de rumbo, abandonando proyectos, rompiendo relaciones), perdemos las estaciones que venían después. No siempre, pero a menudo, lo que decidimos en mitad del frío lo lamentamos cuando llega la primavera. Por eso conviene tener mucho cuidado con las decisiones grandes tomadas en pleno invierno emocional.

Y la tercera capa es la más liberadora: las estaciones se turnan solas. Tú no tienes que forzar nada para que el invierno termine. Lo que sí puedes hacer es atravesarlo con un poco más de calma sabiendo que es una fase, no un destino.

Lo que sí puedes practicar

De esta historia se pueden sacar tres ideas concretas para llevarlas al día a día. La primera: no permitas que el dolor de una etapa defina cómo entiendes tu vida entera. Una temporada difícil es parte del ciclo, no el final del libro. La segunda: evita los juicios precipitados, sobre ti, sobre los demás y sobre tu situación. Lo que parece definitivo casi nunca lo es. Y la tercera: cultiva la paciencia, que en estos casos es la herramienta más útil de todas. La paciencia no es resignación; es saber esperar con la confianza de que los tiempos van a cambiar porque siempre lo hacen.

Si estás en mitad de uno de esos inviernos largos en los que cuesta acordarse de que existen las otras estaciones, las tarotistas expertas de Tarot10 atienden por teléfono y muchas trabajan precisamente con quien necesita orientación en momentos así. Una llamada en uno de esos días en los que ya no sabes si lo que estás viendo es la realidad o solo el invierno hablando puede aclararte mucho la perspectiva.