Historia de los Arcanos Mayores del Tarot: Origen y Evolución
Las cartas que hoy llamamos tarot no nacieron como herramienta adivinatoria. Surgieron en el norte de Italia entre los siglos XIV y XV como una baraja de juego para las cortes, y sólo varios siglos después empezaron a leerse como espejos del alma humana. Mirar la historia de los arcanos mayores del tarot es asomarse a un mosaico de iconografía medieval, leyendas religiosas, alegorías renacentistas y modas papales que fueron dejando su huella en cada figura. Lo que parece un simbolismo cerrado y eterno es en realidad el resultado de siglos de adaptación: cada arcano cuenta también la historia de quienes lo dibujaron.

El Loco: el arcano sin número
El Loco es la carta más enigmática de toda la baraja, y arrastra esa rareza desde el principio: a veces no lleva número, a veces se le asigna el cero, a veces el veintidós. En las representaciones más antiguas no aparecía como el viajero soñador que conocemos hoy, sino como un demente, una figura cercana a la iconografía de Cesare Ripa que asociaba la locura a la enfermedad mental. Con el paso del tiempo el sentido fue desplazándose hacia la extravagancia, el genio y la libertad sin ataduras. Visualmente también cambió: en las versiones modernas le acompaña un perro fiel, pero en las antiguas eran figuras humanas que se burlaban de su desnudez. Su posición entre el cero y el veintidós es lo que mejor lo define: marca a la vez el inicio y el fin del recorrido, el punto donde el ciclo se cierra y vuelve a abrirse.

El Mago: del malabarista de plaza al iniciador
Lo que hoy es el Arcano I tuvo en sus orígenes un nombre mucho más prosaico: el Malabarista. Era una figura habitual en las plazas y mercados del Renacimiento, alguien que se ganaba la vida con juegos de manos y trucos rápidos sobre una mesa pequeña con monedas, copas y cubiletes. Esa imagen original explica por qué el Mago aparece siempre con una mesa llena de objetos delante: no son símbolos abstractos, son los útiles del oficio. La idea de que esta carta marca el inicio de cualquier obra y la capacidad de manejar los elementos viene precisamente de ahí, de aquel prestidigitador callejero que con habilidad y atrevimiento conseguía que el público le diera unas monedas.

La Suma Sacerdotisa: la sombra de la Papisa Juana
El Arcano II arrastra una de las leyendas más persistentes de la Edad Media: la de la Papisa Juana, una mujer que supuestamente habría ocupado el trono pontificio bajo el nombre de León IV alrededor del año 854. Los historiadores la consideran un mito, pero esa historia caló tan hondo que sus ecos llegaron hasta los primeros tarots renacentistas, donde la figura de una mujer con tiara papal aparece sin demasiadas explicaciones. Con el tiempo la carta fue despojándose de las connotaciones polémicas y se quedó con lo esencial: una autoridad espiritual femenina, un saber oculto que se guarda en silencio y se entrega sólo a quien sabe esperar.

La Emperatriz y El Emperador: el poder en pareja
Estas dos cartas funcionan en espejo y representan, cada una a su manera, la estructura del poder tal como la entendía la iconografía medieval. La Emperatriz (Arcano III) llama la atención porque a menudo se la pintaba con atributos que en la época se consideraban masculinos, como el cetro y el escudo. Los alquimistas la leyeron en clave de unión de opuestos, una figura que reúne lo femenino y lo masculino en una misma autoridad. El Emperador (Arcano IV), por su parte, suele aparecer con las piernas cruzadas en una postura muy concreta: la del alto magistrado que no se inclina ante nadie. La corona y el cetro completan el cuadro de la autoridad temporal absoluta.

El Sumo Sacerdote: un papa que cambia con la moda
Pocos arcanos han mutado tanto a lo largo de los siglos como el Sumo Sacerdote (Arcano V). La presencia o ausencia de su barba, por ejemplo, no es un detalle estilístico cualquiera: refleja las modas de los papas reales entre los siglos XIV y XVIII, que en distintas épocas llevaban o no llevaban barba según los usos curiales del momento. También han cambiado sus atributos: las llaves originales fueron cediendo terreno a la cruz, la tiara papal sufrió variaciones según la época y hasta los guantes aparecen y desaparecen. Es una de las cartas que mejor documentan cómo el tarot iba absorbiendo el clima visual de cada siglo para mantenerse cercano a quien lo miraba.

Los Enamorados: dos lecturas en una sola carta
El Arcano VI tiene dos vertientes iconográficas que coexisten en la tradición. La más antigua muestra a un hombre situado entre dos mujeres y obligado a elegir, una imagen que recoge el dilema moral entre dos caminos de vida posibles. La más moderna, en cambio, presenta a una pareja bendecida por un ángel y se centra en la unión, el matrimonio y la conexión mística o física entre dos personas. Las dos lecturas siguen vivas en las barajas actuales y conviene conocerlas, porque aclaran por qué esta carta puede leerse a la vez como elección y como vínculo.

El Carro: el triunfo del héroe
El Carro (Arcano VII) bebe directamente de la iconografía clásica del héroe triunfador. La figura que conduce el carro ha sido asociada en distintas tradiciones a Osiris, a Marte, a Alejandro Magno o a cualquier otro vencedor mítico, y la lectura siempre va por el mismo lado: la victoria sobre las fuerzas opuestas, el control de los impulsos contradictorios y el avance decidido hacia un objetivo claro. La carta sigue funcionando hoy en clave muy parecida a cuando se pintó por primera vez, y eso dice algo sobre la potencia de la imagen original. Si después de leer sobre la historia de los arcanos te entran ganas de empezar a tirar las cartas o quieres profundizar en alguna en particular, las tarotistas expertas de Tarot10 atienden por teléfono. Una llamada en uno de esos momentos en los que la curiosidad por el tarot empieza a girar puede aclararte mucho por dónde empezar.


